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Exposición en curso

Lugar: Museo Barbier-Mueller de Arte Precolombino

Precio: 3,50€ por persona consulta el tipo de entradas

Información y reservas: - 93 310 45 16

Mesoamérica

Chichen Itzá El término Mesoamérica fue acuñado por Paul Kirchhoff a finales de 1960 y hace referencia a un espacio en el que a lo largo de 3000 años se desarrollaron unas sociedades que tenían rasgos culturales comunes.

Los límites geográficos vendrían definidos, en el extremo norte, por una línea imaginaria que uniría los ríos Panuco y Sinaloa, y en el sur, por otra que uniría la desembocadura del río Motagua, en el Golfo de Honduras, con el Golfo de Nicoya, en Panamá (Pacífico), pasando por el lago Nicaragua.

Dentro de estos límites se encuentran desde entornos selváticos, lluviosos, muy húmedos y prácticamente planos, hasta zonas semidesérticas, pasando por zonas costeras o espacios montañosos. Obviamente, los rasgos específicos de cada una de estas áreas, los recursos potenciales existentes y las capacidades de integración, explotación y recreación de los mismos explican los diferentes desarrollos que a lo largo de más de 3000 años existieron en Mesoamérica.

Los rasgos que unifican las culturas localizadas en este espacio son muy diversos, como también lo son sus grados de desarrollo en cada caso. En lo referente a la explotación del territorio, se observan desde aspectos como el uso del palo cavador para plantar o la configuración de chinampas hasta la existencia de campos elevados o terrazas, pasando por el cultivo de plantas como el maíz, el fríjol, la calabaza, el cacao, la vainilla, el chile, etc.

En lo urbanístico y arquitectónico, se constata la planificación de centros urbanos alrededor de plazas, la construcción de plataformas piramidales con templos ubicados en su parte superior o la presencia significativa de canchas de juego de pelota en las que se reproduce el ciclo del sol.

En el ámbito de lo artístico, se ponen de manifiesto una gran diversidad de especializaciones, que incluyen desde arquitectos y especialistas canteros, pasando por joyeros (jades y jadeítas fundamentalmente), hasta técnicos en el arte plumario, en la manipulación de piedras volcánicas (como la obsidiana), la manipulación de la madera, la concha, etc. Cabe destacar también a los grupos especializados en representaciones pictóricas, que habitualmente reflejan temáticas palaciegas o bien escenas de carácter ritual o, en algunos casos, de la vida cotidiana. Existen, asimismo, especialistas cerámicos en el sentido amplio de la palabra: desde los dedicados a los diferentes repertorios de vajillas y recipientes contenedores especializados hasta los talleres elaboradores de figuras y objetos de uso personal.

En el ámbito de lo científico, desde el período preclásico –con la cultura olmeca– hasta las manifestaciones culturales tardías –y todavía durante el colonialismo–, se ponen de manifiesto toda una serie de conocimientos científicos (calendarios, numeración, etc.) basados en la observación meticulosa de los acontecimientos astrales y en el cálculo. Estos avances se aplican a la cotidianidad de las comunidades. En este sentido, el conocimiento de los ciclos naturales permitía a ciertos grupos sociales privilegiados tener un poder básico para el funcionamiento de estas sociedades agrícolas.

Desde etapas muy tempranas, se observa una clara jerarquización social en la que el poder político y el religioso se entremezclan, y en algunas de las culturas mesoamericanas la totalidad de este poder aparece aglutinado en dinastías de gobernantes con sus cortes. Esta diferenciación social se observa tanto en los espacios que ocupan en vida esos grupos como en los ajuares funerarios, que indican el diferente grado de riqueza y significación social.

La elaboración de la escritura jeroglífica permitió a las elites de algunas de estas sociedades utilizar este recurso para narrar de forma partidista los avances producidos durante sus reinados y los aspectos más importantes de los mismos. La escritura no sólo se encuentra como parte explicativa de las estelas o altares, sino que en algunas ocasiones aparece también en recipientes cerámicos, piezas de hueso, etc.

La religión es de carácter politeísta. Destacan las deidades asociadas a los fenómenos naturales (lluvia, agua, trueno, tempestades, fuego, viento, etc.). El politeísmo generaba una clara dualidad en cada uno de los dioses, que tenían necesidades que debían ser satisfechas. Existía, además, una diversidad de cultos destinados a los diferentes grupos y sus actividades económicas. La veneración de ciertos animales, como el jaguar, la serpiente o el águila, explica en buena parte la importancia de estos animales en los diferentes entornos naturales y su integración como elementos simbólicos asociados habitualmente a la realeza, la fuerza, el conocimiento y el poder.

Los sacrificios humanos son un rasgo común a muchas de las culturas mesoamericanas, pero su cuantía y generalización han sido magnificadas en gran medida por los conquistadores y cronistas como forma de justificar ciertas actitudes y formas de actuación en el momento de contacto entre la población indígena y los conquistadores españoles. Se dispone de información sobre los autosacrificios que se imponían los monarcas en situaciones extremas en la cultura maya, así como sobre sacrificios de prisioneros de forma más o menos masiva como consecuencia de las guerras floridas de los Mexicas. En cualquier caso, el hecho de verter sangre humana en determinadas situaciones debe entenderse en su contexto histórico y a través del conocimiento de la función de estos actos dentro de las sociedades mesoamericanas.

La práctica ausencia de metales y del conocimiento necesario para su manipulación hasta períodos tardíos, así como la ausencia de animales de tiro, es otro de los aspectos importantes que definen a las culturas mesoamericanas.

Dentro del conjunto cultural mesoamericano, pueden diferenciarse grados en cuanto a la presencia de estos rasgos generalizadores. Olmecas, Teotihuacanos, Mayas, Zapotecas, Mixtecas, Toltecas, Totonacas, Mexicas, etc. constituyen culturas en las que se concentran la práctica totalidad de estos rasgos culturales a lo largo de todo su desarrollo. Por otro lado, zonas como Occidente o la práctica totalidad de los actuales países centroamericanos se englobarían en el conjunto de territorios en los que sólo se desarrollaron algunos de estos caracteres definitorios.

Estos matices no se mencionan en el sentido comparativo o peyorativo para ciertas culturas, sino que son diferencias que tienen una clara plasmación en lo material, simbólico, etc.

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¿Que queda hoy?

Tras la conquista española se inició un proceso evangelizador que tendría que erradicar las religiones indígenas para convertir a las gentes al catolicismo. No obstante, este proceso fue lento y con muy desigual éxito en los diferentes territorios mesoamericanos, en los que pervivieron ciertos elementos culturales indígenas, de modo más o menos evidente y constante, a lo largo de todo el período colonial. Dicha pervivencia se ha mantenido hasta la actualidad.

En los territorios más ricos, la posibilidad de obtener beneficios económicos (oro, plata, especias, etc.) determinó una presión más fuerte por parte de las autoridades españolas, mientras que en zonas menos ricas la presión fue mucho menor, y la pervivencia de estas formas culturales mucho más diversificada y rica.

Muchos de los cultos indígenas y sus manifestaciones más ritualizadas quedaron integrados en la religión católica, con lo que se produjo la asimilación de divinidades locales y santos cristianos. De esta manera, la tradición prehispánica enriqueció con matices la religión medieval renacentista europea, y ello contribuyó a la generación de nuevas y renovadoras manifestaciones artísticas y culturales.

Evidentemente, el aspecto más señalado de la pervivencia de rasgos culturales indígenas hasta nuestros días es la diversidad de lenguas distribuidas por Mesoamérica. Asimismo, en la actualidad existen las asociaciones de protección de las comunidades indígenas, destinadas a la preservación de las culturas ancestrales como parte básica de la tradición.

Por otro lado, quizás sean más conocidas algunas celebraciones como el Día de los Difuntos, entre otras.

Celebración del Día de los Muertos

En el mundo prehispánico la muerte era considerada como una dualidad de la vida: la muerte no era el fin, sino el inicio de otra forma de existencia. Los antiguos Mexicanos dedicaban diferentes días del año a recordar u honrar a sus muertos. Cuando alguien fallecía, le esperaba un destino u otro en función de cómo había muerto. Para llegar a su destino final, el difunto tenía que pasar una serie de pruebas u obstáculos y, para facilitarle este viaje, los seres queridos le entregaban ofrendas.

Los colonizadores españoles reinterpretaron las creencias indígenas con la introducción de conceptos de la muerte ajenos al pensamiento precolombino: conceptos como el miedo o la culpa que, en el transcurso de los siglos, fueron perdiéndose para afrontar de nuevo la muerte de una forma amable.

Todas las celebraciones se redujeron a la celebración católica del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre).

En la actualidad, esta fiesta recibe el nombre de Día de los Muertos, y en ella se mezcla la tradición indígena con la católica.

Esta celebración está presente en todo Méjico, a pesar de que en cada zona adquiere un significado diferente, más o menos apegado a la tradición indígena.

En este día los difuntos se acercan al panteón para visitar a sus familiares. Durante días, hombres y mujeres preparan las ofrendas, que varían según la tradición. Algunas de las ofrendas típicas son pan, velas, flores, copal, chocolate, tamales, mole, cerámica, calaveras de dulce, bebidas, juguetes o dulces para los niños.

En algunas zonas el 28 de octubre se hacen ofrendas a los que murieron de forma violenta, y el 1 de noviembre, a los niños y niñas fallecidos.

Los familiares decoran las tumbas o “casas de los muertos” para que, cuando éstos lleguen, encuentren las ofrendas. Entre los regalos hay siempre comida, ya que los muertos se alimentan de la esencia del alimento.

En algunas casas se improvisan altares con imágenes religiosas, se cubren los espejos y se coloca una fotografía del difunto. Gracias a las velas y al incienso, los difuntos tienen el camino limpio para hacer su viaje.

En Ocotepec (Cuernavaca), a los que han muerto ese año, se les levantan altares llamados ofrendas nuevas: sobre una mesa se recrea el cuerpo del difunto, que se viste con ropas nuevas, y se coloca una calavera de azúcar, que se convierte en la cabeza. Junto al supuesto cuerpo, se colocan bebidas y comida.

Algunos ponen cuatro velas en forma de cruz, que representan los cuatro puntos cardinales, para bendecir los caminos por los que tiene que pasar el muerto.

En Pozos (Guanajuato), una vez se han bendecido los regalos en la iglesia, la gente sale en peregrinación al cementerio. Una comitiva lleva una gran cruz de madera, dos bastones de flores y palmas, un cuenco con copal y un caracol que, con su sonido, anuncia a los muertos que la comitiva se está acercando.

En San Andrés Mixquic (DF), el 1 de noviembre se celebra una gran fiesta en la que no faltan los mariachis. Se hacen concursos de calaveras de cartón con leyendas sátiras y en el cortejo fúnebre se hacen escenificaciones en las que las viudas gastan bromas a los espectadores.

En la sierra de Zongolica (centro de Veracruz), cuando en octubre aparecen cientos de mariposas blancas volando, empiezan los preparativos para la fiesta, porque se sabe que esas mariposas son el alma de los muertos que anuncian su llegada.

Estos son algunos ejemplos de cómo en Méjico las gentes saludan con alegría a sus muertos una vez al año. Para algunos, en ese día el espíritu del fallecido se acerca realmente al mundo de los vivos, y para otros en ese día los muertos viven gracias al recuerdo de sus seres queridos.

Sin embargo, el sincretismo no afecta tan sólo a ciertos rituales importantes: en algunos territorios, como el maya, han persistido la ceremonia del chac chac para atraer la lluvia o el hezmetz (bautizo tradicional maya). Ambos son rasgos culturales objeto de protección. También perviven, entre otros, el uso de las piedras de molienda o metates o el uso de ciertos vestidos que, aunque se identifiquen como originariamente mayas, son de origen colonial.